Para nuestra adorable Regina
(encontré este guiso de malfattis inédito en el cajón del sastre del Castillo de la Bestia y como sé que te gusta hacer arqueología bloggera...)
¡Oh, la temible odisea! Ya sea que una haya llegado hasta aquí por la intervención celestina de algunos amigos que se hubieran complotado para urdir una infame cita a ciegas, ya sea porque una juntó el valor suficiente para acercarse y… en un supremo esfuerzo al borde del desmayo pedirle su número telefónico, ya sea por azar, por inconciencia, por insolencia, por desamparo y hasta por aburrimiento, no me van a negar que no hay nada más absolutamente paralizante que una primera cita.
Hasta el día de hoy, todavía me tiemblan las rodillas cuando tengo que enfrentar una situación de esta naturaleza.
Por ello, decidí compilar un pequeño decálogo, tal vez poco ortodoxo, de aquello que yo considero indispensable para causar una buena impresión en el primer encuentro, en la esperanza de poder ayudar a algún alma en desgracia.
Puede darse el caso (ejemplarmente, en una cita a ciegas) que una no conozca a la pobre ilusa que ha decidido aceptar nuestra gallarda invitación a tomar un café. También puede ser que ya ambas se hayan visto las caras, pero que no haya habido ningún o casi ningún diálogo previo.
Entonces, esta situación es crucial. ¿Cómo hacer para apabullar a esa belleza inigualable en la primera cita o, al menos, para no quedar como unas taradas sin remedio? No desesperéis. Aquí vamos:
1. Es indispensable estar presentables. Con esto no me refiero simplemente al consabido baño de inmersión semanal. Non, mesdames. Además de haber pasado por la esponja exfoliante al menos tres veces, hay que cepillarse bien los dientes, utilizar un efectivo enjuague bucal (una nunca sabe hasta dónde llegará esa primera cita), arreglarse el cabello de forma seductora (yo prefiero los peinados altos, con la nuca expuesta, particularmente si la cita es de noche), depilarse ab-so-lu-ta-men-te todo aquello que deba ser depilado (no soy adepta a los kiwis, sorry). En fin, bien limpitas y suavecitas (por los motivos ya expuestos).
2. El perfume. Esto es importantísimo. El perfume debe ser agradable y estar en el justo término medio. Es decir, ni tan suave que no se perciba, ni tan fuerte que deje una estela cual rocío de Lysoform. Idealmente, el perfume debe poder ser percibido por la otra persona a un metro de distancia.
3. La vestimenta. Bueno, aquí va en gustos. Yo opto por un ligero exceso de elegancia. Es preferible estar overdressed a parecer una rescatada de un naufragio.
4. Los zapatos. Por favor, nada de borcegos (¡horror supremo!). Sí unas lindas sandalias (si son de Manolo Blahnik, muero fulminada en el acto), o unos tacos altos, pero de buen gusto. Los dorados fluorescentes, las botas dominatrix con taco aguja de 25 cm. en imitación charol y los zuecos con plataforma de corcho están totalmente out. Ah, las medias, única y exclusivamente de seda.
5. Accesorios. Cartera, sí. Mochila de jean nevado con pines Rollingas, no. Reloj pulsera, sí. Reloj calculadora con cronómetro-sumergible-brújula-sacacorchos-y-malla-de-caucho, no. Aros, definitivamente sí (un par, digo, no un alfiletero en cada oreja). Anillos, ¿por qué no?, siempre y cuando sea en proporciones anatómicamente lógicas (es decir, 25 anillos en 10 dedos me parece too much).
6. Puntualidad. Ni tarde, ni temprano. A la hora señalada.
7. Cortesía. Saludar amablemente, sentarse a charlar y prestar realmente atención a la otra persona. Interesarse en la conversación. Hacerle preguntas que demuestren que sinceramente nos importa aquello que nos está contando y que queremos saber más (“¡Oh, eso es realmente fascinante! ¿Y cómo lograste descubrir que tu computadora tiene una bandeja para apoyar la taza de café?”).
8. La cuenta. Si las finanzas lo permiten, invitarla. De lo contrario, fifty-fifty está bien.
9. Caso 1: Se terminó la cita. ¡Sobreviví! Estuve limpita, elegante, puntual, cortés y encantadora. Para mejor, esta polera negra de cashmir me queda pintada. Lástima que la señorita en cuestión no haya logrado adicionar puntos a su favor. “Bueno ehhh (¿cómo se llamaba?), la pasé genial y me encantó conversar con vos. Te llamo mañana y nos encontramos. No, esperá. Mañana no puedo. Mejor te llamo el miércoles que viene y arreglamos para vernos después de Pascuas…” Rajemos por el foro…
10. Caso 2: Se terminó la cita y… creo que estoy enamorada. Ella es fascinante, inefable, es un sueño encarnado, es el ideal devenido tangible. Seguro piensa que soy una neurótica incurable. ¡Qué agonía! Si le pregunto si la puedo ver nuevamente va a pensar que estoy desesperada. Pero si no le pregunto va a pensar que no me interesa. Pero sí me interesa. Mejor le pregunto, entonces. ¿Y si me dice que no? ¿Podré superar su rechazo? Justo hace una semana recibí el alta en mi terapia lacaniana. Ergo, no más recetas de Clorazepam. Y volver a comer chocolate, ahora que me curé por fin el maldito acné… Bueno, podría empezar a fumar… pasto. “¿Te gustaría ir a un concierto de jazz el sábado?”, dice ella. “Bueno, está bien”, digo yo. Maaaasteeeeeeer…